martes, 23 de octubre de 2007

El dentista

No creo que a nadie le apasione ir al dentista, lo entiendo. Llegas y te sientan en una silla, inmediatamente te alumbran con una luz que ciega. Miras a tu derecha, una mesilla con un montón de utensilios que parecen sacados de alguna película de terror.

Empieza la fiesta, el doctor se pone los guantes e inspecciona la cavidad bucal en busca de alguna caries, que siempre encuentra. Llena la jeringuilla, la inca lentamente, empiezas a no sentir la lengua y los labios. Es entonces cuando el dentista empieza a hacer preguntas sobre como te va la vida y demás. Tu que estás con la boca dormida y llena de algodones empiezas a contestar de alguna manera intentando mover la cabeza con movimientos de afirmación y negación.

El odontólogo empieza a coger confianza y no le bale con preguntas que se puedan responder con un movimiento de cabeza. Los algodones molestan y ya empieza a parecer que el dentista de quiere reír de ti. Porque no es fácil intentar con la boca dormida y llena de algodones, parece que te han metido un calcetín en la boca.

Cuando termina de empastarte el diente te propone enjuagarte la boca, esa boca que no parece tuya. Lo mejor de todo no es lograr enjuagarte la boca sin sentirla sino que tirar el agua a un agujero mínimo, entonces comienza a caer todo el agua de la comisura de los labios incontroladamente.

Si esto fuera poco la cartera queda saqueada, y no ha estado contigo más de 15 minutos. En fin, es un buen negocio ser dentista.

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